Patrimonio salino: cuando la tradición milenaria se abre al turismo experiencial
Las salinas de Cabo de Gata combinan extracción artesanal, biodiversidad excepcional y un legado que se remonta a la época romana
Salinas que abarcan 400 hectáreas en el corazón del parque natural de Cabo de Gata, Almería, ofrecen una experiencia única que fusiona la recolección tradicional de sal con la exploración de un entorno de biodiversidad excepcional y paisajes desérticos. Durante la noche, el agua del mar embalsada y calentada por…

Salinas que abarcan 400 hectáreas en el corazón del parque natural de Cabo de Gata, Almería, ofrecen una experiencia única que fusiona la recolección tradicional de sal con la exploración de un entorno de biodiversidad excepcional y paisajes desérticos. Durante la noche, el agua del mar embalsada y calentada por el sol desciende rápidamente de temperatura, generando una fina capa de sal que se cosecha al amanecer. Este proceso ancestral da origen a la flor de sal, un producto de gran valor gastronómico y organoléptico que representa el pico más refinado de la producción salinera.
Desde la primavera de 2025, estas salinas están abiertas al público, permitiendo que los visitantes participen activamente en la recolección del mineral mientras disfrutan de la elegancia de los flamencos rosados y la singular salicornia que caracterizan a uno de los parques naturales más impresionantes de España. El acceso se realiza atravesando un bosque de pitas y ramblas, donde árboles resistentes luchan por sobrevivir en un ambiente árido. El azufaifo, una especie botánica notable, es fácil de observar gracias a los senderos públicos cercanos al centro de visitantes de Las Almoladeras. Desde un mirador cercano al pueblo de El Cabo, se pueden observar los flamencos mientras el mar se extiende hacia el Arrecife de las Sirenas, conocido por sus formaciones volcánicas.
Anualmente, se extraen alrededor de 40,000 toneladas de sal sin tratar, destinadas a la industria de piscinas, salazones cárnics y consumo humano, además de unas 17 toneladas mensuales de flor de sal, la más pura y apreciada. Una garbera —estructura destinada a almacenar sal al aire libre— aguarda su exportación a Europa, donde se utiliza para deshielo de carreteras. En este paisaje, el aire está impregnado del aroma a salitre que trae la brisa marina, mientras las dunas albergan flora como la siempre viva, el narciso marítimo y un azafrán local que florece de manera sorprendente en invierno.
La historia de este humedal se remonta a más de 2.6 millones de años, aunque la explotación de sal comenzó en la época romana, cuando se construyeron canales que permiten concentrar el agua del mar en balsas. A principios del siglo XX, una familia catalana asumió la explotación y edificó un pequeño poblado junto a la playa, donde aún residen descendientes de los salineros. En este poblado destaca la iglesia de San Miguel de las Salinas y un antiguo cine, que reflejan la historia y la cultura de esta singular comunidad. Este legado convierte a las salinas en un testimonio viviente de cómo la tradición productiva y el patrimonio cultural pueden coexistir con la conservación ambiental y el turismo responsable.