Raíces celtas del otoño: cómo una festividad milenaria precede y explica a Halloween

Antes de que Halloween se convirtiera en un fenómeno de consumo global, existía Samaín: una festividad de origen celta arraigada en Galicia que se remonta más de dos mil años en la historia. El término proviene del gaélico 'Samhain', que significa 'fin del verano', y marcaba el cierre de la temporada de cosechas, así como el momento en que el velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos se adelgazaba. Esta celebración no es un antecedente menor ni una curiosidad folclórica; es, en rigor, la fuente cultural de la que bebió la tradición que los emigrantes irlandeses exportaron a Estados Unidos y que hoy domina el imaginario colectivo de octubre.

Entre los rituales más significativos de Samaín destacan las hogueras organizadas por los druidas, figuras de autoridad espiritual entre los celtas, así como el uso de máscaras y pieles para despistar a los espíritus. Los nabos vaciados e iluminados con velas —antecesores directos de las calabazas talladas— servían como faros para guiar a los difuntos. Uno de los ritos más inquietantes era el de la Santa Compaña: una procesión nocturna de almas liderada por un mortal que cargaba un cirio, ante la cual la comunidad debía permanecer en sus hogares para evitar ser alcanzada por su influencia. Samaín también estructuraba el calendario celta, dividiendo el año en una mitad oscura —iniciada en esta noche— y una clara, que arrancaba con Beltane en la festividad de Walpurgis.

En las últimas décadas, Galicia ha emprendido un proceso deliberado de recuperación de esta tradición frente a la expansión de la versión estadounidense. El académico Rafael López Loureiro, oriundo de Cedeira, ha sido una figura central en esta revitalización, documentando las raíces comunitarias de la celebración y articulando movimientos locales para su preservación. Para los tomadores de decisiones en México y América Latina, el caso del Samaín ofrece una reflexión pertinente: en un entorno de creciente homogeneización cultural, las comunidades que invierten en la recuperación de su patrimonio no solo fortalecen su identidad, sino que también generan narrativas propias con capacidad de proyección global. La diversidad de tradiciones no es un obstáculo a la modernidad; es, con frecuencia, su activo más distintivo.