Medio siglo de distancia y un reencuentro que la geografía no pudo borrar
## Medio siglo de distancia y un reencuentro que la geografía no pudo borrar Cincuenta y ocho años separan dos momentos que, en apariencia, no tienen nada en común: un aula de secundaria en Rosario y una tarde de viento en el Golden Gate. Sin embargo, para Carlos Machado y…
Medio siglo de distancia y un reencuentro que la geografía no pudo borrar
Cincuenta y ocho años separan dos momentos que, en apariencia, no tienen nada en común: un aula de secundaria en Rosario y una tarde de viento en el Golden Gate. Sin embargo, para Carlos Machado y el autor de esta historia, ambos instantes forman parte de la misma trayectoria, una que comenzó en la Escuela Superior de Comercio de Rosario en 1968 y que encontró su continuación inesperada en la costa del Pacífico norteamericano.
Egresados el mismo año con el título de Perito Mercantil y Bachiller Comercial, pertenecían a divisiones distintas —separados, como suele ocurrir, por el orden alfabético de los apellidos— y sus caminos se bifurcaron con la misma naturalidad con que lo hacen la mayoría de las historias de juventud. Fue el Rotary Internacional quien trazó, sin saberlo, un hilo conductor entre ambos: Carlos obtuvo una beca para formarse como ingeniero en Iowa; el autor haría lo propio un año después, con destino al Texas Heart Institute en Houston, vinculado a la Universidad Baylor. Desde la Argentina convulsionada de los años setenta, Estados Unidos representaba una apuesta enorme, casi inverosímil. Carlos fue, en ese contexto, una referencia antes de que el viaje se concretara.
Decadas más tarde, lo que comenzó como una beca y una promesa de formación profesional se convirtió en raíces. Carlos construyó su vida en San José, California; el autor regresó a Argentina con Laura, su esposa, con quien se casó en 1976 en parte para acortar el servicio militar, y cuya luna de miel —lejos del Hawái soñado— transcurrió entre las rutas misioneras y las Cataratas del Iguazú a bordo de un Citroën 3 CV. Ese viaje postergado a Hawái esperaría exactamente cincuenta años. El reencuentro en San Francisco no fue solo el abrazo entre dos viejos compañeros: fue también la evidencia de que ciertas historias no se interrumpen, simplemente esperan el momento adecuado para retomarse.