Un manuscrito colonial regresa a México y reabre el debate sobre la identidad azteca

Después de más de un siglo en el extranjero, un documento que condensa siglos de historia mexica regresa a México para ser exhibido en el Museo Nacional de Antropología (MNA). El Códice Azcatitlan, que narra desde la partida del pueblo mexica desde Aztlán hasta los primeros años de la Nueva España, se presenta en una exposición que coincide con el bicentenario de las relaciones diplomáticas entre México y Francia, país donde el manuscrito ha permanecido resguardado durante décadas. Su llegada no es solo un acontecimiento cultural: es una oportunidad para reexaminar las narrativas fundacionales que han dado forma a la identidad nacional mexicana.

Desde la perspectiva académica, el documento tiene un valor historiográfico singular. El historiador Jorge Cañizares-Esguerra, catedrático en la Universidad de Texas, subraya que el códice ofrece una visión del origen azteca desde Tlatelolco —no desde Tenochtitlan, como es habitual en los registros dominantes—, lo que lo convierte en una fuente alternativa y políticamente cargada. A diferencia de otros manuscritos del periodo, este documento abarca no solo la migración fundacional, sino también la Conquista y sus secuelas inmediatas, documentando la destrucción de una civilización desde una perspectiva que Cañizares-Esguerra describe como de reivindicación patriótica tlatelolca.

Sin embargo, la historia del códice es más compleja de lo que aparenta. Investigaciones recientes, incluidas las de la antropóloga y etnohistoriadora María Castañeda de la Paz, apuntan a que el documento no fue elaborado en el siglo XVI, sino en el XVII, y que su autoría correspondería a un arriero otomí llamado Diego García, quien habría producido varios códices utilizando materiales originales de la época colonial para construir narrativas de origen para distintas comunidades. Este hallazgo no invalida su relevancia cultural, pero sí complejiza su lectura: lo que se exhibe en el MNA es tanto un testimonio histórico como un artefacto de construcción identitaria, un espejo en el que México ha proyectado, durante siglos, su propia imagen fundacional.