Patrimonio urbano en riesgo: cuando la memoria colectiva exige protección del Estado

Iniciativas ciudadanas organizadas están presionando al aparato institucional peruano para que reconozca formalmente un bien cultural que, pese a su profundo arraigo simbólico, enfrenta un deterioro físico severo. El colectivo 'Salvemos Lima' presentó en diciembre de 2025 una solicitud formal ante el Ministerio de Cultura para que la Peña Horadada —una formación rocosa ubicada en Barrios Altos, en el cruce de los jirones Junín y Cangallo— sea declarada Patrimonio Cultural de la Nación. El expediente se encuentra en evaluación técnica en la Dirección de Gestión, Registro y Catalogación de Bienes Culturales Muebles, donde se aguarda un pronunciamiento oficial en los próximos días.

Más allá del trámite administrativo, el caso ilustra una tensión recurrente en las grandes ciudades latinoamericanas: la brecha entre el valor simbólico que las comunidades asignan a ciertos elementos urbanos y la capacidad —o voluntad— del Estado para protegerlos. La Peña Horadada, conocida popularmente como la 'piedra del diablo', acumula siglos de tradición oral vinculada a los primeros años coloniales de Lima. Su forma singular, con un orificio prominente, ha generado relatos que mezclan devoción religiosa, imaginario popular y memoria colectiva. Hoy, sin embargo, el monumento es utilizado como urinario y punto de acumulación de residuos, lo que evidencia la ausencia de políticas de gestión patrimonial en zonas históricas de alta densidad urbana.

Para los directivos de instituciones culturales, municipios y organismos de planeación urbana, este tipo de casos representa un desafío de gobernanza con implicaciones más amplias. La declaratoria de patrimonio no es un acto simbólico menor: activa obligaciones legales de conservación, abre acceso a fondos específicos y genera marcos de corresponsabilidad entre el Estado y la sociedad civil. El colectivo impulsor argumenta que el reconocimiento formal contribuiría a la visibilidad del bien, a la valorización del entorno de Barrios Altos y a la consolidación de prácticas culturales contemporáneas —incluidas ofrendas y expresiones rituales— que demuestran que la piedra sigue siendo un bien cultural activo, no un vestigio inerte. En un contexto donde las ciudades compiten por narrativas de identidad y turismo cultural, la gestión de este tipo de patrimonio intangible-material se convierte en una decisión estratégica, no solo administrativa.