Manantiales termales con propiedades curativas documentadas desde la antigüedad clásica persisten en España como testimonios vivos de cómo las civilizaciones antiguas aprovechaban los recursos naturales para la medicina y el bienestar. En Málaga, específicamente en el municipio de Casares, existe un enclave que encarna esta tradición: un balneario cuyas aguas sulfurosas han atraído a visitantes durante más de dos mil años. La tradición oral vincula este sitio a la época de Julio César, cuando las tropas romanas operaban en la región antes de enfrentamientos estratégicos. Según relatos históricos, los soldados aquejados de afecciones dermatológicas encontraron alivio en las aguas del manantial, mientras que otras versiones sugieren que el propio César utilizó estas aguas para tratar infecciones, ordenando la construcción de estructuras termales que aún subsisten. Aunque estas narrativas carecen de documentación rigurosa, los tratados geográficos antiguos ya reconocían las propiedades terapéuticas de este manantial, confirmando su reputación en el mundo clásico. Su verdadero apogeo llegó durante los siglos XVIII y XIX, cuando el interés europeo por la medicina termal alcanzó su punto máximo. Durante este período, las aguas sulfurosas atrajeron a numerosos visitantes que buscaban tratamientos para diversas dolencias. El fenómeno del termalismo se convirtió en una práctica sofisticada entre las élites, transformando estos espacios en destinos de prestigio donde convergía la medicina, el ocio y la socialización. Característico de estos manantiales sulfurosos es su aroma inconfundible, reminiscente de compuestos de azufre en descomposición. Lejos de ser un defecto, este rasgo se ha convertido en un marcador de autenticidad y potencia terapéutica, íntimamente ligado a la composición mineral de las aguas. Este olor distintivo, que puede resultar desagradable a primera impresión, representa precisamente los componentes químicos que históricamente se han asociado con propiedades curativas en la tradición termal europea.