Lungro, pequeño pueblo de aproximadamente 2,500 habitantes ubicado en las montañas de Calabria, al sur de Italia, ostenta un título inusual: capital europea del mate. Lo sorprendente de esta distinción radica en que su adopción de esta tradición no proviene de una comunidad argentina establecida en la región, sino de un fenómeno cultural más profundo vinculado a la historia migratoria de sus habitantes.

Desde el siglo XIX, generaciones de lungreses han integrado el mate en su vida cotidiana, transformándolo en un símbolo identitario que define su carácter colectivo. Este pueblo pertenece a la comunidad arbëreshë, de origen albanés, que ha preservado celosamente su lengua y patrimonio cultural a través de los siglos. A finales del siglo XIX, numerosos habitantes emigraron hacia Sudamérica, llevando consigo sus costumbres y conocimientos. Durante esas travesías y asentamientos en Argentina, Paraguay y Uruguay, descubrieron el mate y lo incorporaron a su repertorio cultural. Posteriormente, cuando muchos de estos emigrantes retornaron a Italia o mantuvieron vínculos con sus pueblos de origen, reintrodujeron la tradición en Lungro, donde echó raíces profundas.

Cada año, el Festival del Mate convierte las calles del pueblo en un espacio de celebración donde convergen tradiciones italianas y sudamericanas. Durante estas festividades, la música argentina resuena entre las montañas calabresas, mientras que los vecinos comparten tango, folclore y especialidades culinarias como el choripán. Este sincretismo cultural refleja cómo las tradiciones pueden trascender geografías y adaptarse a nuevos contextos, creando puentes identitarios que enlazan continentes. Lungro ejemplifica un fenómeno menos documentado en los estudios migratorios: la capacidad de una comunidad para reinterpretar y apropiar prácticas foráneas, integrándolas tan profundamente en su tejido social que se convierten en patrimonio propio, indistinguible de su historia local.