Noviembre de 1926 marcó un punto de inflexión en la historia del transporte estadounidense: la adopción de un sistema uniforme de numeración de carreteras reemplazó el caótico entramado de caminos que caracterizaba al país. Respaldado por la Asociación Americana de Funcionarios Estatales de Carreteras y la Oficina de Carreteras Públicas, este nuevo esquema facilitaría la navegación y consolidaría las redes comerciales a través del territorio nacional.

Varias de estas carreteras alcanzaron estatus icónico con el tiempo: la Ruta 1 conectando Maine y Florida, la Ruta 101 con sus vistas al Pacífico. Pero la Ruta 66, bautizada como la "calle principal de Estados Unidos" y la "carretera madre", se distingue como la más emblemática. Su centenario invita a una reflexión incómoda: qué narrativas se celebran y cuáles permanecen en la sombra.

La Ruta 66 existe en dos dimensiones simultáneamente. Una es la infraestructura física que simboliza la expansión territorial del siglo XX y la modernización de la conectividad continental. La otra es la carretera mítica, un ícono cultural que evoca nostalgia, aventura y una visión romántica de libertad en el Oeste americano. Estas dos realidades no siempre coinciden.

Su existencia estuvo en riesgo desde el inicio. Durante las deliberaciones sobre el nuevo sistema de autopistas en los años veinte, los comisarios priorizaban números terminados en cero, considerados más atractivos comercialmente. Cyrus Avery, comisionado de Carreteras de Oklahoma, propuso una ruta entre Chicago y Los Ángeles, originalmente designada como Ruta 60. Tras enfrentar oposición, pasó por la Ruta 62 antes de finalmente establecerse en el 66, aprobado en el primer mapa oficial. La pavimentación completa tomaría doce años más.

El mito, sin embargo, se gestó casi instantáneamente. En enero de 1927, Avery y líderes cívicos fundaron la Asociación de la Autopista 66 para promover viajes hacia la costa oeste. El eslogan "La calle principal de Estados Unidos" fue registrado y difundido estratégicamente. La asociación organizó eventos de alto impacto mediático, como la carrera Trans-American Footrace que comenzó en marzo de 1928 en Los Ángeles. La cobertura de prensa narró con dramatismo las luchas de los corredores y describió vívidamente los paisajes del suroeste, transformando la carretera en símbolo de exploración y aventura.

Esta construcción narrativa fue tan efectiva que la Ruta 66 se convirtió en referente cultural para generaciones de viajeros. Sin embargo, esa misma narrativa de libertad y expansión frecuentemente omite los desplazamientos de comunidades indígenas, la explotación laboral en la construcción, y las dinámicas de segregación que caracterizaron el desarrollo de estas regiones. La carretera que conectaba oportunidades también fragmentaba territorios y comunidades.

Para los líderes empresariales y tomadores de decisiones en México y América Latina, el centenario de la Ruta 66 representa un caso de estudio sobre cómo se construyen narrativas públicas alrededor de infraestructura. Las grandes obras de conectividad siempre generan ganadores y perdedores. La pregunta relevante no es si celebrar o no, sino qué historias completas estamos contando cuando conmemoramos proyectos de esta envergadura.