Rituales andinos y simbolismo prehispánico convergen en Tiahuanaco, donde la llama que acompañará a los Juegos Suramericanos fue encendida en las puertas del templo de Kalasasaya. Sabios locales ofrecieron tributos a la Pachamama en busca de buenos augurios, mientras jóvenes ataviados como chaskis —los mensajeros del imperio inca— descendieron desde la cima de la pirámide de Akapana portando la antorcha que simboliza el evento deportivo regional.

Esta ceremonia responde a un estatuto establecido por la Organización Deportiva Suramericana que designa a la ciudadela prehispánica, ubicada a poco más de 70 kilómetros de La Paz, como el escenario obligatorio para encender la llama cada cuatro años. Considerada uno de los principales centros espirituales del mundo andino, Tiahuanaco representa la continuidad de una tradición que conecta la modernidad deportiva con las raíces culturales de la región. El fuego fue entregado a los directivos de Odesur para iniciar su recorrido hacia Santa Fe, Argentina, sede de la decimotercera edición de estos juegos.

Desde su creación en 1978 como Juegos Cruz del Sur en La Paz, el evento ha experimentado una transformación significativa. Lo que comenzó con la participación de cinco países y 600 atletas en 16 disciplinas ha evolucionado hasta proyectar la participación de más de 4,000 competidores en 43 disciplinas. Esta expansión refleja el fortalecimiento de los lazos deportivos y culturales en Sudamérica, consolidando los juegos como un fenómeno integral que genera legado en infraestructura, inversión y formación de recursos en las ciudades anfitrionas. Santa Fe se prepara para recibir el evento del 12 al 26 de septiembre, continuando una tradición que entrelaza lo ceremonial con lo competitivo.