Sopas espesas con ingredientes nativos como mazorca, papas y guascas formaban parte de la dieta muisca en el altiplano cundiboyacense desde tiempos prehispánicos. Este plato, lejos de ser una creación colonial, representa una tradición alimentaria indígena que ha sido adaptada a lo largo de cinco siglos, transformándose en un símbolo de identidad colectiva para Bogotá.

Su primer registro documental data del siglo XVI, cuando Bernardo Vargas Machuca, militar y naturalista español, lo mencionó en sus descripciones de la región. Posteriormente, en 1660, Fray Joaquín de Finestrad documentó su presencia en la dieta muisca, destacando la abstinencia de carnes entre los indígenas, en contraste con la versión con carne que adoptaron los colonos. Con la llegada de españoles y otros grupos europeos, el plato se enriqueció con nuevos ingredientes y técnicas culinarias: pollo, crema de leche y alcaparras provinieron de la tradición hispánica, mientras que las influencias de la olla española y las carnes de cerdo y res transformaron la sopa original en un plato mestizo que resonó en las cocinas campesinas y en las mesas virreinales.

A lo largo del siglo XIX, adquirió mayor relevancia y prestigio en la vida urbana. Publicaciones de la época, como el tratado de Timoteo González de 1893, lo incluyeron como uno de los referentes de la cocina bogotana. Así se consolidó como elemento esencial en reuniones familiares, festividades religiosas y tertulias literarias, convirtiéndose en emblema de hospitalidad y celebración.

En 2004, el Concejo de Bogotá lo declaró Patrimonio Cultural de la ciudad, enfatizando que la cocina y las tradiciones culinarias juegan un papel fundamental en la transmisión de valores y la construcción de cohesión social. Este reconocimiento institucional resalta la necesidad de preservar los saberes y prácticas populares que han definido la vida cotidiana en la capital, especialmente en un contexto de creciente globalización y transformación social. Presente en festividades, reuniones familiares y actos de hospitalidad, se convierte en vehículo para afirmar la diversidad cultural y defender la memoria histórica de Bogotá. Su preparación y consumo son actos que fortalecen el sentido de pertenencia e identidad colectiva de sus habitantes.

Hoy representa una síntesis de historia, memoria y resistencia. Su vigencia como símbolo cultural es testimonio de la riqueza de la tradición culinaria bogotana y de la importancia de preservar estos legados en un mundo en constante cambio.