El misterio de la incorruptibilidad: cuando la meditación desafía la descomposición
Un monje siberiano de hace casi dos siglos sigue generando fascinación científica y espiritual por el estado de conservación de sus restos
Dashi-Dorzho Itigilov se ha convertido en un ícono espiritual que atrae peregrinos de diversas partes del mundo, quienes buscan su presencia en la creencia de que genera bienestar. Los creyentes afirman recibir consejos en sueños que les permiten resolver problemas y encontrar paz. Su figura es considerada una fuente de…

Dashi-Dorzho Itigilov se ha convertido en un ícono espiritual que atrae peregrinos de diversas partes del mundo, quienes buscan su presencia en la creencia de que genera bienestar. Los creyentes afirman recibir consejos en sueños que les permiten resolver problemas y encontrar paz. Su figura es considerada una fuente de sanación, con relatos de personas que reportan haber sanado tras visitar su templo.
Nacido en 1852, Itigilov desafía convencionalmente el paso del tiempo. Su cuerpo, en estado de momificación, se encuentra en posición de flor de loto dentro de una vitrina en el templo más importante de Ivolginsky. Este lugar sagrado exige un ambiente de respeto absoluto: se prohíbe hacer ruido, se debe hablar en voz baja, y la tradición local indica que no se debe dar la espalda al monje. Desde el interior del templo, mantras monofónicos resuenan, creando una atmósfera que resulta exótica para quienes provienen de culturas occidentales.
Itigilov nació en una familia cosaca en Orongoi, un pueblo cercano al actual santuario. Huérfano desde joven, fue educado en el budismo, donde se formó en medicina y filosofía. En 1903 se convirtió en abad principal del monasterio Yangazhinsky y en 1911 fue nombrado Pandito Khambo Lama de los budistas siberianos, un título que lo reconocía como la reencarnación del primer Pandito Khambo Lama Zaiaev. Durante la guerra ruso-japonesa ofreció servicios budistas en honor a los caídos, y tras la Primera Guerra Mundial recibió la Orden de Santa Ana por sus contribuciones. A pesar de la distinción, rechazó cualquier lujo material.
Con la llegada de la Revolución Bolchevique, las persecuciones religiosas se intensificaron. Itigilov alentó a los budistas a buscar refugio en Mongolia, pero eligió permanecer en Buriatia, donde nunca fue apresado. Falleció el 15 de junio de 1927 mientras recitaba un mantra en la misma posición en la que hoy reposa. Pidió ser sepultado en esa postura y ser exhumado 30 años después. Su sepulcro permaneció en secreto durante décadas debido a la destrucción de templos y monasterios por parte de la Unión Soviética. La tradición oral fue mantenida por un primo lejano, quien conservó el sitio del entierro para que en 1955 pudiera ser exhumado en secreto. Posteriormente fue enterrado nuevamente en un ataúd de madera con sal, proceso que se repitió en 1972.
En 2002, Itigilov fue exhumado nuevamente tras aparecer en sueños a un joven lama. El estado de conservación de sus restos sorprendió a la comunidad científica, y estudios especializados no lograron explicar su condición de "incorruptible". Este hallazgo llevó a los creyentes a considerarlo un "santo". Los budistas buriatos sostienen que sigue vivo, habiendo alcanzado un estado meditativo superior conocido como shuniata, que se relaciona con la vacuidad. Desde 2008, Itigilov descansa en el templo que actualmente lo alberga, donde ha recibido la visita de dos presidentes rusos.
La Villa de Ivolginsky, situada aproximadamente 30 minutos al suroeste de Ulán-Udé y a unos 100 kilómetros al norte de la frontera con Mongolia, es considerada un terreno sagrado del budismo buriato. Alrededor del caserío, como en muchos santuarios religiosos, se encuentran espacios que contribuyen a la atmósfera única de este lugar de culto, atrayendo a investigadores, historiadores y buscadores espirituales que intentan comprender uno de los fenómenos más enigmáticos de la historia religiosa moderna.


